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Los cierres de fábricas no van a terminar, pero es hora de que la película tenga un final distinto

2017-07-17 |

 Por HERNÁN DE GOÑI

El cierre de una de las plantas de la empresa Pepsico, que después de haber sido ocupada por sus trabajadores terminó siendo desalojada por la fuerza por efectivos de la policía provincial, abre un debate que no debe terminar en la repercusión política de un hecho que nadie desea. Es hora de asumir que hay muchas fábricas con procesos obsoletos en la Argentina, con lo cual hace falta empezar a discutir un horizonte de reconversión productiva más amplio.

La discusión hoy parece haber quedado centrada en si el derecho al trabajo está por encima del derecho de una compañía a decidir sobre el destino de sus bienes. Los empleados consideran que la primera postura es legítima, y la Justicia y las leyes avalan la segunda, con lo cual a menos que un juez permita o tolere la ocupación de una planta, cada caso nuevo que se presente puede terminar de la misma forma que Pepsico.

La oposición aprovechó para criticar al Gobierno por "promover los despidos" y actuar de manera "desalmada", al haber aceptado una orden de desalojo que debió ejecutarse con el uso de balas de goma y gases lacrimógenos. Sergio Massa, a su vez, criticó a Mauricio Macri por ponerse del lado de las empresas y defender su rentabilidad, como si lo contrario a esa postura (habilitar la intervención del Estado p ara sostener a compañías deficitarias) fuese el comportamiento "sano" y deseable.

La CGT convocó a una marcha para protestar por esta situación, pero aceptó hacerla después de las PASO para no contaminar su posición con la campaña. Lo que deberían hacer los gremios, sin embargo, es empezar a razonar sobre un fenómeno que avanza a pasos agigantados a nivel mundial, y que en la Argentina se siente cada vez más.

La tecnología está logrando que muchas bienes y servicios queden fuera del mercado, ya que el cierre de la economía que se aplicó en los últimos años del kirchnerismo y su consecuente falta de inversión provocaron una desactualización productiva que no puede disimularse más.

En algunos sectores el Gobierno está aplicando alguna dosis de gradualismo para contener esta ola: si bien el dólar barato favorece las importaciones, hay más barreras al comercio exterior vigentes (licencias no automáticas) que en los años anteriores.

El Estado no puede poner es plata, eso es obvio, aunque debería garantizar una macro sana. A los trabajadores, por su parte, les convendría que las empresas puedan apostar a la reconversión y seguir activas. Va a ser la única forma de que la película que vimos ayer tenga un final distinto.

 

 

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